Otra vez estoy en la capital boliviana, aunque
esta vez con la idea clara de seguir hacia Sorata donde me espera L. (una de
las compas argentinas de Samaipata), pero un vistazo al correo me hace cambiar
de planes (¿un
dejá vu?): S. (la
compa francesa con quien fui a Samaipata) está todavía por aquí y pasará unos
días en la Isla del Sol, por lo que me propone tratar de encontrarnos por allí.
Así que, una vez más, giro al volante y para Copacabana, donde pasaré la noche
antes de tomar el barco a la isla al día siguiente. Pero antes hay tiempo para
otra de esas incómodas lecciones: los cuidados parten de cuidarse primero a un*
mism*. Y es que, por ahorrarme unos poquitos bolivianos, y aún viendo una
tormenta sobre el Titicaca
(“¡bah! ni
siquiera se oyen los truenos”), decido acampar, habiendo además pasado las
dos últimas noches en buses. No paso más de media hora en la
carpa cuando empiezo a oír los truenos,
cada vez más cerca, hasta que, como dirían los galos, el cielo cae sobre mi cabeza.
El agua acaba entrando en la tienda y calando poco a poco el saco, a lo que me voy
encogiendo cada vez más huyendo del frío en los pies. Mi único consuelo es que
al otro lado de la tienda, junto a la puerta, se acurruca un perro que me ha
venido siguiendo toda la noche.
Con la mitad de mi equipaje mojado y la
espalda un poco más contracturada, cojo el barco y me planto en la isla con la
idea (complicada) de encontrarme con mi compa. Me doy una vuelta por
Challapampa, paso por las ruinas de la zona norte y cruzo la isla hacia el sur,
sin rastro de ella. Era de esperar; por lo menos disfruto de una bonita caminata
(algo durilla con la mochila y a 4000 m.).
Aunque el reencuentro haya vuelto a ser
fallido, la visita a la isla ha merecido la pena, y en más de una ocasión me ha
traído a la cabeza recuerdos (incluso olores, extrañamente) de otros tantos
pateos por la isla de mis amores, Menora (la mejor de todas, ¿verdad familia?).
Con el último barco me vuelvo a Copacabana
para tratar de llegar en el mismo día a Sorata, donde, no sin algún
contratiempo, consigo encontrarme con la compa argentina (por los pelos, ya que
está por marcharse).
Contento y agotado, concluyo el maratón de
viajes de estos días con otra moraleja (además de la de los autocuidados): los
reencuentros fallidos no dejan de ser una experiencia positiva, los inesperados
cambios de ultima hora y el subidón de adrenalina mientras tratas de encontrar
a la otra persona, sean o no fructíferos, te hacen sentir vivo, te ves en
movimiento por lo que quieres en ese momento y te alejan de la parálisis
habitual ante los imprevistos.
Con suerte nos encontraremos en Córdoba, en Francia
o en otros lugares, y nos reiremos de estos (re)encuentros no logrados.
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