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sábado, 12 de julio de 2014

Me lo dijo papá...

Anda hoy correteando por la finca Daniel detrás de su amigo Lolo, algo mayor que él. A cada paso de éste le sigue el enano, como si fuese su sombra, tratando de ocupar siempre el espacio en que se encuentra su querido amigo. Por tan querido es que aprovecha hasta el último momento de su presencia, pues luego pasan semanas o meses en los que no lo ve, y se le hacen eternos. 

Y es que Daniel está bien enamorado de Lolo. A su manera (como cada un* tenemos la nuestra), siente ese amor sencillo y bello, casi puro, de la infancia, que todavía (por su corta edad) no ha sido sutilmente enajenado.

Ajeno a lo que se supone que debe ser, él se pasea bien ataviado con su aguayo, porteando en la espalda su muñeco, que tanto tiempo le costó dormir. Su padre, al verlo, no puede contener su horrorizado asombro y le espeta: 

-Pero, ¿se puede saber a qué juegas? 

El pequeño, con cierta indiferencia, le responde:

-Pues a qué va ser: llevo a mi bebé en la espalda. Es nuestro hijo, mío y de Lolo: él es el padre y yo soy la madre.

Atónito se queda el padre mientras Daniel continua su marcha.

Minutos mas tarde, tras una serie de sesudas e inútiles explicaciones, el padre decide arrebatarle el aguayo y el bebé a Daniel, y con ellos parte de su inocencia. 

Parece que hay cosas que un padre (por mochilero y rasta que sea),
 no puede consentir... 

lunes, 10 de marzo de 2014

"En el coche de papá..." (l*s herman*s Calatrava uruguay*s)

Ahí andamos M. y yo haciendo dedo, camino de la playa, cuando un cochecito para y nos levanta de la ruta. Al subir vemos que en la parte de atrás viajan Beatricita y Daniel, hoy dos peques de unos 8 y 10 años que, de momento, van muy calladit*s.

Al rato su papá retoma un juego de acertar personajes y ya parece que se van soltando un poco. Comienzan diciendo alguna palabrita y al poco ya están soltando cualquier tontería a cada pregunta de su padre, que comienza a desesperarse. Las tonterías de Daniel parece que no le hacen mucha gracia a Beatricita (o son la excusa perfecta), y a cada payasada del uno, la otra responde con un botellazo en la cabeza con su botellín vacío. El padre les regaña constantemente y hace ademanes de parar el coche, pero de poco sirven.
Al final, l*s dos entablan una especie de competición calatravense en la que se retroalimentan mutuamente con sus payasadas, y ante semejante panorama, el padre no tiene más opción que desistir.

Ahí vamos M. y yo, uno delante y la otra atrás, conteniéndonos la risa y esperando que el padre no pare el coche de verdad, que se nos va a hacer muy tarde. Les ofrecemos un poquito de nuestro bizcocho (¡un poco, eh! que el fin de semana es largo y luego falta) y la peque tan contenta.

Ya nos dejan en el camino y prosiguen ell*s con su quilombo de viaje mientras nosotr*s nos reímos recordando nuestro viajes de infancia con nuestr*s respectiv*s herman*s, e imaginando lo divertid*s e insoportables que podríamos haber sido.

¡Calatrava's power!

viernes, 28 de febrero de 2014

Beatricita (la niña taxista)

Tras una dura negociación, nos subimos a un taxi y me toca maletero (somos cinco y lo prefiero, iré más cómodo en la parte trasera de la ranchera, como en las fotos de infancia en el auto familiar). 
Ahí también viaja Beatricita, que es hija del taxista, así que compartimos viaje. 

Tardo tres intentos en adivinarle la edad (que para lo corta que es son muchos). Al principio me mira y no habla, casi ni siquiera responde a las preguntas que le hago, así que cambio de estrategia y paso al estilo indirecto: la mímica y hacer el tonto siempre funcionan (deben ser parte del lenguaje universal de los cuerpos). Le saco la lengua, me embizco y persigo una mosca imaginaria, emito ruiditos extraños, y todo eso parece que ya le gusta más.

Cuando me canso de imitar a un cerdo, ella suelta un ¡oink! que viene a decir: 

-¡Eh, que quiero seguir con el juego!

o me da una patadita para que siga entreteniéndola. Saco entonces mis prismáticos imaginarios y oteo el horizonte buscando algo misterioso, a lo que ella responde sacando los suyos y, como sincronizado, nos encontramos con nuestros prismáticos y su carcajada es monumental.

El ambiente se distiende cada vez más, y acabamos en una especie de competición de oinks, pedorretas, silbiditos, embizcamientos y demás calatravadas, antes los giros de cuello sorprendidos de nuetr*s compañer*s de viaje.

Y así, sin darme casi cuenta, llegamos a destino. Nosotr*s nos bajamos y ella se queda en el coche, medio risueña todavía, medio tristona porque se acabó el juego. Esperemos que la próxima persona con la que comparta maletero también le preste un poquito de atención (andan por aquí deidades rubias y blanquecinas que parecen no ver por debajo de sus hombros).

¡Oink!

Daniel (hoy, trotamundos)

Hoy me vuelvo a encontrar con Daniel. Tiene 3 años, una coletilla larga y dorada y unos ojos que ocupan casi todo su rostro. Viaja con su madre y su padre en una furgoneta que hace unos días les dejó tirad*s, por lo que hemos coincidido por unos días.

Para tener 3 años habla por los codos, es tremendamente despierto y no para ni cinco minutos: primero da vueltas y vueltas al patio con su patín, luego inventa cualquier juego para perseguirte o para que le persigas, y cuando se aburre de correr, agarra una pelota medio pinchada que anda por ahí y comienza a patearla, mirándote de reojo a ver si te unes al juego.

Es directo y pide lo que quiere, sin rodeos; o directamente lo hace. En el pueblito, de repente desaparece y se busca nuev*s amig*s, y cuando su madre se viene a dar cuenta está metido dentro de alguna casa, despreocupado de si debe o no entrar: sus amig*s entraron, el fue detrás (para susto colectivo ante la desaparición momentánea del enano). Y si está cansado, pues directamente pasa de todo: hoy, mientras su madre imparte un maravilloso taller de teatro para niñ*s, él, medio amodorrado todavía por la siesta de hace un rato, coge su mantita, la extiende a un lado de la patio y se tumba a mirar el quilombo que sucede a su alrededor (mientras el resto de peques pasan corriendo a su lado, lo saltan y gritan).

Sus amig*s hoy viven en la sierra y son de café; dentro de unos días serán distint*s...

Beatricita y Daniel (Historias menudas)


A Beatricita y a Daniel l*s encontré nada más llegar. Estaban en todas partes, allá donde iba l*s veía, la mayoría de veces acompañando a su madre en el sufrido intento de vender cualquier baratija, y otras veces eran ell*s quienes lo intentaban. 

A Daniel lo encontré a menudo en las esquinas de calles y plazas, limpiando botas y dando betún a caballeros de toda índole, a cara descubierta, inhalando los intensos vapores que mañana le carcomerán los pulmones (mañana...).


Aún cambiando de ciudad l*s he seguido encontrando, en ocasiones algo mayores, otras más pequeñ*s; más canela o más café; pero siempre en la calle, trabajando, jugando, durmiendo en el puestito del mercado que su madre regenta o bajo el carrito metálico que hace las veces del mismo, apoyad*s sobre unos cartoncitos para amortiguar el duro metal.

También l*s encontré en los buses, observándome curiosamente, o l*s vi desde la ventana caminando por la orilla de la carretera, junto a una mujer cargada de niñ*s y bártulos, casi indiferentes a las ráfagas de autobuses y camiones que pasan a pocos centímetros, peinándoles el flequillo.

Cada vez que l*s veo trato de sacarles una sonrisa, y a veces lo consigo, aunque otras me choco con una mirada perdida que hace que un escalofrío me recorra todo el cuerpo. 

Miradas menudas, menudas miradas...